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viernes, 15 de mayo de 2009

La diferencia entre adultos y niños

"Enseñé mi obra de arte a las personas mayores y les pregunté si mi dibujo les daba miedo. —¿por qué habría de asustar un sombrero?— me respondieron. Mi dibujo no representaba un sombrero. Representaba una serpiente boa que digiere un elefante. Las personas mayores nunca pueden comprender algo por sí solas y es muy aburrido para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones. [...] Como nunca había dibujado un cordero, rehice para él uno de los dos únicos dibujos que yo era capaz de realizar: el de la serpiente boa cerrada. Y quedé estupefacto cuando oí decir al hombrecito: — ¡No, no! Yo no quiero un elefante en una serpiente. La serpiente es muy peligrosa y el elefante ocupa mucho sitio. En mi tierra es todo muy pequeño. Necesito un cordero. Píntame un cordero."


Estos párrafos de El Principito, nos enseñan la gran diferencia de imaginación que hay entre adultos y niños. Mientras que a un adulto lo primero que se le pasa por la cabeza es un sombrero, un niño ve antes un elefante tragado por una serpiente.


Aquí os dejo mi opinión sobre el libro. La verdad es un libro precioso que recomiendo a todo el mundo.


Con lo que más me quedo es con el secreto que le da el zorro al domesticarle “Sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos”. Lleva mucha razón, ya que tu con los ojos ves lo que el protagonista llama la corteza, es decir, el exterior y lo insípido de cada cosa o persona, sin embargo, con el corazón puedes llegar a ver más allá de las cuatro paredes que rondan por la vista, todo el interior de las personas.

También me quedo con la parte del final, el protagonista es capaz de ver, a través de una estrella y un simple pensamiento, la risa o el llanto del muchacho. No sabe si su error al no hacerle la cuerda de cuero para que el muchacho protegiera la flor o el error no va a producir grandes destrozos, ya que el muchacho quería a la flor y, al igual que para el protagonista y para el zorro, querría lo mejor y la cuidaría para que el cordero no se la comiera.

A través de las estrellas ve, si piensa que la rosa está a salvo, la risa que tanto le gustaba de aquel muchacho y si al ver que la rosa se muere, lo que haría infeliz al muchacho, ve un ligero llanto correr a través de ellas.

Al final también, el protagonista deja marchar al muchacho a través de la picadura de una serpiente porque sabe que es lo que el Principito deseaba y lo que en verdad le haría feliz.

Recomiendo este libro a todo el mundo, ya que creo que puede llegar a despertar sentimientos que no sabíamos que sentíamos, y al menos a mi, me ha hecho recordar a ciertas personas muy significantes a lo largo de mi vida y a las que recuerdo y ahora, por supuesto tarde, me doy cuenta de que lo que hice, a lo mejor no era lo correcto para ese momento.

En general, me ha encantado el libro y ojala todo fuera tan objetivo, pero a la vez tan real como la historia que cuenta.

Dejo también una frase que creo que tiene que ver con los sentimientos, en parte del zorro, pero la gran parte la lleva el protagonista y, bajo mi punto de vista, es lo que ha demostrado: La felicidad de un niño, no tiene precio.



Besos.

martes, 5 de mayo de 2009

Chácharas de niños


En casa del rico comerciante se celebraba una gran reunión de niños: niños de casas ricas y familias distinguidas. El comerciante era un hombre opulento y además instruido; a su debido tiempo había sufrido los exámenes. Así lo había querido su excelente padre, que no era más que un simple ganadero, pero honrado y trabajador. El negocio le había dado dinero, y el hijo lo supo aumentar con su trabajo. Era un hombre de cabeza y también de corazón, pero de esto se hablaba menos que de su riqueza.

Frecuentaba su casa gente distinguida, tanto de «sangre», que así la llaman, como de talento. Los había que reunían ambas condiciones, y algunos que carecían de una y otra. En el momento de nuestra narración había allí una reunión de niños, que hablaban y discutían como tales; y ya es sabido que los niños no tienen pelos en la lengua. Figuraba entre los concurrentes una chiquilla lindísima, pero terriblemente orgullosa; los criados le habían metido el orgullo en el cuerpo, no sus padres, demasiado sensatos para hacerlo. El padre era chambelán, y éste es un cargo tremendamente importante, como ella sabía muy bien.

-¡Soy camarera del Rey! -decía la muchachita. Lo mismo podría haber sido camarera de una bodega, pues tanto mérito hace falta para una cosa como para la otra. Después contó a sus compañeros que era «bien nacida», y afirmó que quien no era de buena cuna no podía llegar a ser nadie. De nada servía estudiar y trabajar; cuando no se es «bien nacido», a nada puede aspirarse.

-Y todos aquellos que tienen apellidos terminados en «sen» -prosiguió-, tampoco llegarán a ser nada en el mundo. Hay que ponerse en jarras y mantener a distancia a esos «¡-sen, -sen!» y puso en jarras sus lindos brazos de puntiagudos codos, para mostrar cómo había que hacer. ¡Y qué lindos eran sus bracitos! Era encantadora.

Pero la hijita del almacenista se enfadó mucho. Su padre se llamaba Madsen, y no podía sufrir que se hablara mal de los nombres terminados en «sen». Por eso replicó con toda la arrogancia de que era capaz:

-Pero mi padre puede comprar cien escudos de bombones y arrojarlos a los niños. ¿Puede hacerlo el tuyo?

-Mi padre -intervino la hija de un escritor- puede poner en el periódico al tuyo, al tuyo y a los padres de todos. Toda la gente le tiene miedo, dice mi madre, pues mi padre es el que manda en el periódico.

Y la chiquilla irguió la cabeza, como si fuera una princesa y debiera ir con la cabeza muy alta.

En la calle, delante de la puerta entornada, un pobre niño miraba por la abertura. El pequeño no tenía acceso en la casa, pues carecía de la categoría necesaria. Había estado ayudando a la cocinera a dar vueltas al asador, y en premio le permitían ahora mirar desde detrás de la puerta a todos aquellos señoritos acicalados que se divertían en la habitación. Para él era recompensa bastante y sobrada.

«¡Quién fuera uno de ellos!», pensó, y al oír lo que decían, seguramente se entristeció mucho. En casa, sus padres no tenían ni un mísero chelín para ahorrar, ni medios para comprar un periódico; y no hablemos ya de escribirlo. Y lo peor de todo era que el apellido de su padre, y también el suyo, terminaba en «sen». Nada podría ser en el mundo, por tanto. ¡Qué triste! En cuanto a nacido, creía serlo como se debe, pues de otro modo no es posible.

Así discurrió aquella velada.

Transcurrieron muchos años, y aquellos niños se convirtieron en hombres y mujeres.

Se levantaba en la ciudad una casa magnífica, toda ella llena de preciosidades. Todo el mundo deseaba verla; hasta de fuera venía gente a visitarla. ¿A cuál de aquellos niños pertenecía? No es difícil adivinarlo. Pero tampoco es tan fácil, pues la casa pertenecía al chiquillo pobre, que llegó a ser algo, a pesar de que su nombre terminaba en «sen»: se llamaba Thorwaldsen.

¿Y los otros tres niños, los hijos de la sangre, del dinero y de la presunción? Pues de ellos salieron hombres buenos y capaces, ya que todos tenían buen fondo. Lo que entonces habían pensado y dicho no era sino eso, chácharas de niños.

Os dejo esta frase que me dijo Bebita y tiene mucha razón:
"Cada vez que un niño ríe por primera vez, su risa se rompe en mil pedazos y cada uno de ellos se convierte en un hada, pero si los humanos, sean niños o adultos, afirman categóricamente que no creen en las hadas, ellas se apagan".


viernes, 27 de marzo de 2009

El niño que perdió la pelota


Juanito jugaba a la pelota con su amigo Pepe, al lado de un río y en un lance del juego, la pelota se les cayó.
El río era muy peligroso, pues raro era el año que no se ahogara alguna persona en él. Los padres sabedores de lo peligroso que era, siempre les aconsejaban a sus hijos que no se bañaran en él, si no estaban ellos allí.
Los dos niños con tristeza miraban como el río, dando salpicones se llevaba su pelota y se quedaban sin juguete para jugar. Aunque pensaron meterse en el río para cogerla, se acordaron de los consejos de sus padres y prefirieron perder la pelota y no otra cosa.
Juanito, que era el dueño de la pelota (con temor), le dijo a su padre como la había perdido y este, creyendo que su padre le iba a regañar, se quedó sorprendido, cuando el padre le dio un beso y le compró, la mejor de todas las pelotas.

Besos!

miércoles, 18 de marzo de 2009

El niño que quería volar



Sentado sobre una piedra, Pedrito se pasaba el rato contemplando el volar de las águilas, y eso le había costado más de una bronca, por parte de su madre. Este vivía a unos tres kilómetros del pueblo y solía ir al colegio andando. Su mayor ilusión de siempre era volar algún día como los pájaros.
—Pero Pedro ¿como llegas tan tarde, si hace más de dos horas que terminó el colegio?
—He estado contemplando las águilas, me encantaría volar como ellas.
—Pero hijo, tú eres un ser humano, no un águila ¿además no tienes plumas?
—Ya lo se mamá, pero es superior a mi.
—Anda y coge la merienda Pedro, que se te va juntar con la cena y déjate ya de volar, que tienes muchos pájaros en la cabeza.
Al día siguiente estando sentado en su piedra y como siempre contemplando a las águilas, se le acercó una joven muy guapa y le dijo — ¿te gustaría algún día, volar como ellas?
Pedro que estaba mirando el volar de las águilas, no se había dado cuentas y se sobresalto un poco.
— No te asustes Pedro¬ —le dijo la joven, con una voz muy dulce—.
—Esa sería mí mayor ilusión señorita, pero nunca podré hacerlo— decía Pedrito, bastante desanimado—.
—Por que dices eso, de que nunca podrás hacerlo – le preguntaba la joven —.
—Señorita, yo no tengo alas ni plumas y si no tengo esas dos cosas, nunca podré hacerlo aunque me guste mucho.
—No tienes alas, pero tienes otros valores muy importantes.
—De que valores me habla usted.
—Desde ahora en adelante podrás volar y para hacerlo, solo tendrás que cerrar los ojos y pensar en volar.
—Señorita, muchas veces los he cerrado y hasta el momento nunca he volado.
—Ciérralos ahora y veras como podrás hacerlo.
Pedro cerró los ojos y como un águila fue volando y por primera vez, desde las alturas pudo ver su casa, el río, los animales y sentir la fresca brisa refrescando sus mejillas.
Cuando pedro abrió los ojos, la joven ya se había marchado. Esta le había dejado un mensaje escrito en el suelo, el cual decía “sigue siempre así y cuando quieras volar, solo tendrás que cerrar los ojos”.
Desde entonces Pedro se sentía muy afortunado, había conseguido lo que tanto deseaba.
En uno de sus muchos vuelos, vio a un amigo caerse en un pozo ciego y su rápida actuación salvo su vida.
Pedro estaba muy contento, por que además de hacer lo que tanto deseaba (que no todos lo consiguen), se dio cuentas que podía ayudar a la gente y eso le hacía la persona más feliz del mundo.

Mil besos!

miércoles, 25 de febrero de 2009

La ratita presumida


Hoy voy a contar la historia de la ratita presumida. Esta historia me la contaba mi tia cuando era pequeña, y bueno, no tan pequeña :P. Recuerdo la historia como si me la hubiera contado ayer.


LA RATITA PRESUMIDA

Érase una vez una ratita que estaba barriendo la puerta de su casa y cantaba:

"tralará larito barro mi casita, tralará larito barro mi casita..."

Un día, se encontró una moneda en el suelo, se agachó y al cogerla dijo: "¿Qué me compraré?, ¿Qué me compraré?...
...¡me compraré caramelos! No, no, no. Si me compro caramelos se me ensuciarán los dientes!
...¡me compraré un lacito para mi colita!"

La ratita fue a la tienda y compró un lazo rojo. Cuando llegó a su casa, se puso el lacito en la punta de la colita y se sentó en la puerta de su casa.

No pasó mucho tiempo cuando pasó por allí un perro que al ver a la ratita con su lacito dijo: " Ratita, ratita, pero que bonita estás... ¿te quieres casar conmigo?"
"¿Y por la noche qué harás?" - dijo la ratita.
"¡Guau, guau!" le contestó el perro.
"No, no, que me asustarás!!"
El perro se marchó ladrando de rabia.

No se había perdido de vista al perro cuando apareció un gallo muy emplumado
que al ver a la ratita con su lacito dijo: " Ratita, ratita, pero que bonita estás... ¿te quieres casar conmigo?"
"¿Y por la noche qué harás?" - dijo la ratita.
"¡Quiquiriqui....!" le contestó el gallo.
"No, no, que me asustarás!!"
El gallo se marchó a buscar a una gallina.

Al poco tiempo pasó por allí un gato, que al ver a la ratita con su lacito dijo: " Ratita, ratita, pero que bonita estás... ¿te quieres casar conmigo?"
"¿Y por la noche qué harás?" - dijo la ratita.
"¡Miau, miau!" le contestó el gato.
"No, no, que me asustarás!!"
El perro se alejó maullando.

Más tarde, pasó por allí un ratón y al ver a la ratita con su lacito dijo: " Ratita, ratita, pero que bonita estás... ¿te quieres casar conmigo?" "¿Y por la noche qué harás?" - dijo la ratita. "Dormir y callar, dormir y callar.." le contestó el perro. "Contigo me he de casar!!" dijo la ratita. La ratita se casó con aquel ratoncito y vivieron felices y comieron perdices.

Besitos!

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Noche buena


La Nochebuena se celebra la noche del día 24 de diciembre, víspera del día de Navidad (25 de diciembre). Es la celebración cristiana del nacimiento de Jesús y las costumbres varían de unos a otros países pero es bastante común una reunión familiar para cenar y, sobre todo en los países protestantes, el hacer regalos. Es costumbre en España el cantar villancicos acompañados de la pandereta y la zambomba, así como comer turrón, mazapán, polvorones y otros dulces. Después a las 24.00h todos van a la Misa del Gallo, en la que se celebra el nacimiento de Jesús.

jueves, 12 de junio de 2008

Cuento del Ratoncito Pérez


Hoy os pongo este cuento tan bonito
porque a mi, cuando era pequeña, me encantaba al igual que Tina y Nicolás.




Pepito Pérez era un pequeño ratoncito de ciudad. Vivía con su familia en un agujerito de la pared de un edificio. El agujero no era muy grande pero era muy cómodo, y allí no les faltaba la comida. Vivían junto a una panadería, por las noches él y su padre iban a coger harina y todo lo que encontraban para comer. Un día Pepito escuchó un gran alboroto en el piso de arriba. Y como ratón curioso que era trepó y trepó por las cañerías hasta llegar a la primera planta. Allí vió un montón de aparatos, sillones, flores, cuadros..., parecía que alguien se iba a instalar allí.

Al día siguiente Pepito volvió a subir a ver qué era todo aquello, y descubrió algo que le gustó muchísimo. En el piso de arriba habían puesto una clínica dental. A partir de entonces todos los días subía a mirar todo lo que hacía el doctor José Mª. Miraba y aprendía, volvía a mirar y apuntaba todo lo que podía en una pequeña libreta de cartón. Después practicaba con su familia lo que sabía. A su madre le limpió muy bien los dientes, a su hermanita le curó un dolor de muelas con un poquito de medicina... Y así fue como el ratoncito Pérez se fue haciendo famoso. Venían ratones de todas partes para que los curara. Ratones de campo con una bolsita llena de comida para él, ratones de ciudad con sombrero y bastón, ratones pequeños, grandes, gordos, flacos... Todos querían que el ratoncito Pérez les arreglara la boca.

Pero entonces empezaron a venir ratones ancianos con un problema más grande. No tenían dientes y querían comer turrón, nueces, almendras, y todo lo que no podían comer desde que eran jóvenes. El ratoncito Pérez pensó y pensó cómo podía ayudar a estos ratones que confiaban en él. Y, como casi siempre que tenía una duda, subió a la clínica dental a mirar. Allí vió cómo el doctor José Mª le ponía unos dientes estupendos a un anciano. Esos dientes no eran de personas, los hacían en una gran fábrica para los dentistas. Pero esos dientes, eran enormes y no le servían a él para nada. Entonces, cuando ya se iba a ir a su casa sin encontrar la solución, apareció en la clínica un niño con su mamá. El niño quería que el doctor le quitara un diente de leche para que le saliera rápido el diente fuerte y grande. El doctor se lo quitó y se lo dió de recuerdo. El ratoncito Pérez encontró la solución: "Iré a la casa de ese niño y le compraré el diente", pensó. Lo siguió por toda la ciudad y cuando por fin llegó a la casa, se encontró con un enorme gato y no pudo entrar. El ratoncito Pérez se esperó a que todos se durmieran y entonces entró a la habitación del niño. El niño se había dormido mirando y mirando su diente, y lo había puesto debajo de su almohada. Al pobre ratoncito Pérez le costó mucho encontrar el diente, pero al fin lo encontró y le dejó al niño un bonito regalo.

A la mañana siguiente el niño vió el regalo y se puso contentísimo y se lo contó a todos sus amigos del colegio. Y a partir de ese día, todos los niños dejan sus dientes de leche debajo de la almohada. Y el ratoncito Pérez los recoge y les deja a cambio un bonito regalo.
Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

martes, 10 de junio de 2008

Tina y Nicolás


Hoy os pongo este cuento tan bonito de Pierre Gripari porque a mi, cuando era pequeña, me encantaba este cuento.


Había una vez un par de zapatos que estaban casados. El zapato derecho, que era el señor, se llamaba Nicolás. Y el zapato izquierdo, que era la señora, se llamaba Tina.

Ellos vivían en una bonita caja de de cartón donde estaban envueltos en papel de seda. Eran muy felices y esperaban que aquella felicidad durara para siempre. Pero he aquí que una mañana, una vendedora los sacó de su caja para probárselos a una dama. La mujer se los puso, dio algunos pasos con ellos, y después viendo que le daban bien, exclamó:

-Los compro.

-¿Hace falta que se los envuelva? -preguntó la vendedora. -No, no hace falta -dijo la mujer. Me los llevo puestos.

Pagó y salió con los zapatos nuevos.

Fue así como Nicolás y Tina caminaron todo el día sin poder verse uno al otro.

Sólo en la noche volvieron a encontrarse dentro de un oscuro closet.

-¿Eres tú, Tina?

-Sí; soy yo, Nicolás.

-¡Qué felicidad! ¡Te creía perdida!

- Yo también. Pero ¿dónde estabas?

-¿Yo? En el pie derecho.

-Pues yo estaba en el pie izquierdo.

-Ya lo comprendo todo -dijo Nicolás-. Cada vez que tú estabas adelante, yo estaba detrás. Y cuando tú estabas detrás, yo estaba adelante. Por eso fue que no pudimos vernos.

-¿Y eso va a ser así todos los días? -preguntó Tina. - ¡Temo que sí!

-¡Pero es horrible! ¡Estar todo el día sin verte, mi querido Nicolás¡-No me podré acostumbrar jamás.

-Escucha -dijo Nicolás -tengo una idea. Puesto que yo estoy siempre a la derecha y tú siempre a la izquierda, para no sentirnos solos, cada vez que yo avance al mismo tiempo te daré un golpecito. Así nos saludaremos. ¿De acuerdo?

-¡De acuerdo!

Eso hizo Nicolás, de manera que a lo largo del siguiente día, la dueña de los zapatos no pudo dar tres pasos sin que su pie derecho fuera a enredarse con el izquierdo, y ¡plaf!, cada vez la señora caía despatarrada al suelo.

Muy inquieta, ella fue ese mismo día a consultar un médico. -Doctor , no sé qué es lo que tengo, ¡Me pongo zancadillas a mí misma!

-¿Zancadillas a usted misma?

-¡Sí, doctor! Casi a cada paso que doy, mi pie derecho se enreda en el izquierdo, y eso me hace tropezar.

-¡Muy grave! Si el problema continúa, será necesario cortarle el pie derecho. Tenga esta receta. Las medicinas le costarán diez mil francos.

Déme a mí dos mil por la consulta y vuelva a verme mañana. Esa misma tarde, en el closet, Tina le preguntó a Nicolás:

-¿Oíste lo que dijo el doctor?

-Sí, lo oí.

-¡Es horrible! Si le cortaran el pie derecho a la señora, ella te botará y estaremos separados para siempre.

-¡Hay que hacer algo!

-Sí, pero ¿qué?

-Tengo una idea. Mañana seré yo la que dará un golpecito para saludarte cada vez que avance. ¿De acuerdo?

-De acuerdo.

Así lo hizo Tina, de tal modo que a lo largo de ese segundo día fue el pie izquierdo el que se enredó con el derecho y, ¡plaff! la pobre dama volvía a verse en el suelo. Más y más inquieta, ella regresó donde el médico:

-¡Esto va de mal en peor! -le contó -¡Ahora es mi pie izquierdo el que se enreda con el derecho!

-El caso se pone cada vez más grave -comentó el doctor -. Si continúa así, tendremos que cortarle los dos pies. ¡Tome! Tenga esta receta por veinte mil franco de medicinas, Déme tres mil por la consulta y, sobre todo, no olvide volver mañana.

Esa noche, Nicolás preguntó a Tina:

-¿Oíste?

-Sí.

-Si le cortaran los dos pies, ¿qué será de nosotros?

-¡Ni me atrevo a pernsarlo!

-¡Y sin embargo, yo te amo Tina!

-¡Yo también, Nicolás! ¡Te amo mucho!

-¡No quisiera separarme jamás de tí!

-¡Yo tampoco!

Así hablaba el par de zapatos en la oscuridad, sin darse cuenta de que la dama que los había comprado se paseaba en pantuflas por el corredor, pues las palabras del médico no la dejaban dormir. Al pasar frente a la puerta del closet, ella había escuchado la conversación y, como era muy inteligente, lo comprendió todo.

"¡Ah, era eso" pensó la señora. "No es que yo esté enferma, sino que mis zapatos se aman. ¡Ay que tierno!

Enseguida tiró al basurero los treinta mil francos de medicamentos que había comprado, y a la mañana siguiente le dijo a su sirvienta: -¿Usted ve este par de zapatos? No me los pondré nunca más, pero los quiero conservar de todas maneras. Así que me los lustra bien, los cepilla para que estén brillantes y, sobre todo, ¡no los separe jamás el uno del otro!

Cuando se quedó sola la criada pensó:

"La señora está loca. ¿A quién se le ocurre guardar un par de zapatos si no van a usarse? Dentro de unos quince cías, cuando se haya olvidado de ellos, me los robaré"

Quince días más tarde, se los robó y se los puso. Pero cuando los tuvo en los pies, también ella empezó a ponerse zancadillas. Una noche cuando bajaba la basura por la escalera de servicio, Nicolás y Tina quisieron abrazarse y ¡TRAZ!, ¡PLAF!, ¡BUNG!, la criada cayó sentada sobre un escalón, con la cabeza llena de desperdicios y una cáscara de papa que le colgaba en espiral como un bucle sobre la frente.

"Estos zapatos están embrujados", pensó. ¡No me los pondré más! Se los voy a regalar a mi sobrina, que es coja. Y así lo hizo, la sobrina se pasaba casi todo el tiempo sentada en una silla, con los pies muy juntos, y cuando por casualidad caminaba, lo hacía tan despacio que no se podía poner zancadillas. Los zapatos estaban dichosos porque ahora sí pasaban juntos todo el día.

La felicidad duró largo tiempo. Pero desafortunadamente, su nueva dueña gastaba más un zapato que otro al caminar.

Una noche, Tina le dijo a Nicolás:

-Querido, siento que mi suela se está poniendo fina, fina, fina. Pronto estará llena de huecos como un colador.

-¡No, por favor! Si eso sucediera, nos botaría y quedaríamos separados.

-Lo sé bien -respondió Tina -, ¿qué quieres que haga? No puedo evitar envejecer.

Tal y como lo pensaba, ocho días después en su suela apareció un agujero.

La sobrina de la sirvienta compró zapatos nuevos y decidió botar a Tina y a Nicolás.

-¿Qué será de nosotros? -preguntó Nicolás. -No sé -dijo Tina -¡Si al menos pudiera estar segura de que nunca me separaré de ti!

-Acércate -dijo Nicolás -y amarra tu cordón al mío.

Así nunca nos podrán separar.

Eso hicieron y juntos fueron a dar al tanque de la basura, juntos fueron transportados por un camión y juntos terminaron abandonados en un terreno baldío. Allí permanecieron unidos hasta que, un día, un niño y una niña los descubrieron.

-¡Hum! ¡Mira! ¡Dos zapatos! ¡Y van tomados del brazo! -Es que están casados -dijo la niña.

-Bueno -exclamó el chiquillo -, pues si están casados, deben hacer su viaje de novios.

El niño tomó los zapatos y los clavó sobre una tabla, uno al lado del otro. Despúes llevó la madera hasta la orilla de un arroyuelo y la puso a flotar en el agua, corriente abajo, hacia el mar.

Mientras la tabal se alejaba, la niña movía su pañuelo gritando:

-¡Adiós, zapatos, y buen viaje!

Fue así como Nicolás y Tina, que ya no esperaban nada más de su existencia, tuvieron, de todas maneras, un bello viaje de novios.

domingo, 23 de septiembre de 2007

La bobina maravilllosa


Erase un principito que no quería estudiar. Cierta noche, después de haber recibido una buena regañina por su pereza, suspiro tristemente, diciendo:

¡Ay! ¿Cuándo seré mayor para hacer lo que me apetezca?

Y he aquí que, a la mañana siguiente, descubrió sobre su cama una bobina de hilo de oro de la que salió una débil voz:

Trátame con cuidado, príncipe.

Este hilo representa la sucesión de tus días. Conforme vayan pasando, el hilo se ira soltando. No ignoro que deseas crecer pronto... Pues bien, te concedo el don de desenrollar el hilo a tu antojo, pero todo aquello que hayas desenrollado no podrás ovillarlo de nuevo, pues los días pasados no vuelven.

El príncipe, para cersiorarse, tiro con ímpetu del hilo y se encontró convertido en un apuesto príncipe. Tiro un poco mas y se vio llevando la corona de su padre. ¡Era rey! Con un nuevo tironcito, inquirió:

Dime bobina ¿Cómo serán mi esposa y mis hijos?

En el mismo instante, una bellísima joven, y cuatro niños rubios surgieron a su lado. Sin pararse a pensar, su curiosidad se iba apoderando de él y siguió soltando mas hilo para saber como serian sus hijos de mayores.

De pronto se miro al espejo y vio la imagen de un anciano decrépito, de escasos cabellos nevados. Se asusto de sí mismo y del poco hilo que quedaba en la bobina. ¡Los instantes de su vida estaban contados! Desesperadamente, intento enrollar el hilo en el carrete, pero sin lograrlo. Entonces la débil vocecilla que ya conocía, hablo así:

Has desperdiciado tontamente tu existencia. Ahora ya sabes que los días perdidos no pueden recuperarse. Has sido un perezoso al pretender pasar por la vida sin molestarte en hacer el trabajo de todos los días. Sufre, pues tu castigo.

El rey, tras un grito de pánico, cayó muerto: había consumido la existencia sin hacer nada de provecho.